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lunes, 7 de junio de 2010

Ser peruano en el Perú: El Héroe

El héroe se aproxima a la hora excelsa.
Del horizonte azul a la ventana clara;
enmudecidos cierzos llegan.
Besánle la frente, la cara.
Azorados y trémolos llegan,
de todos los confines de la Patria.

Han de ser su aliento
en esta hora tan extraña.
Espetarán sus hombros;
y tocarán en sus sienes blancas
sus últimos pensamientos:

La nostalgia de su adorada
que inmóvil vela en el poniente;
“¿Que será de ti amada esposa?.
Tú que me acompañaste con amor y santidad.
¿Que será de nuestros hijos,
que no podré ver ni sentir
en el hogar común?”
Y adentrado en el pecho,
la angustia filial por el hijo acantonado en Tacna,
punza fuerte,
ya sin lágrimas.
El invasor al fin acude
a cumplir
la amenaza tácita.

El Prado felón
ha huido con las joyas,
llevándose para su posteridad las arcas;
Piérola taimado
desde su asilo al sur
por tercera vez ataca
y se hace al fin del poder;
y desorganiza fuerzas,
y desoye a entendidos...!
Maldecido por la historia
desde adentro la socava;
con letal y aleve golpe
arremete a la Patria víctima,
siniestrada.

¿Sabrá el héroe
que el megalómano traidor
abandonará a su hijo y a Montero,
y a todos los peruanos heroicos de Tacna?

Le ha escrito una carta:
“Querido Enrique...”
Le ha enviado unas botas;
con Ugarte, también una plata
y le ha dicho entre otras cosas
que la impaciencia de gloria lo mata.

En tanto el villano por antonomasia
Nicolás Fernández Villena,
o simplemente "Piérola",
cambia sucesivamente
el mando del ejército sur:
Encarcela a Recavarren,
destituye a Beingolea
y encumbra al mayor de todos los cobardes
(¡para no olvidar nunca!)
Segundo Leyva
al mando de cinco mil hombres.

¿Sabrá el héroe
que todo esta perdido?

Gigantesco como es él
manda minar las faldas
del que será su sacro altar,
pasa revista a los héroes,
dispone las baterías...Mas,
deserta en plena víspera
Agustín Belaúnde
y gracias a Iglesias
(quien trocará más tarde
dos millones de esterlinas
por Arica y Tarapacá)
escapa el ruin pierolista
con dos traidores más.

Luego,
sucede como hasta hoy,
libra de ser fusilado
el compadre infame
del inicuo dictador. Y escribe, luego,
muy suelto de huesos:
“En cuanto a mí, compadre, ya sabe Ud. que cuenta conmigo...
a fin de defender siempre a Ud. y su gobierno,
pues esa sola
es mi única consigna.” y fuga sin decir adiós.

La hora de la historia esta cerca.
Capturan a Elmore
antes héroe y hoy,
frente a la muerte,
sombrío y triste delator.
Aún se puede oírle en el silencio:
“en la caseta de la cruz roja
esta el percutor de las minas;
¡no me maten por favor...!”
Luego irá hasta el héroe
a decirle que todo es inútil,
y que vuelve al campamento enemigo...
(¡oh inmensa carcajada del destino!)
porque ha empeñado “su palabra”... ¡el muy ladino!.

Una sombra de ira sobrecoge al héroe
y no lo recibe.
Hidalgo como es
se apiada de su cobardía
y deja volver al traidor indemne;
mas se apresta,
y envía un último telegrama
todo henchido de nobleza:
“Apure Leyva.
Todavía es posible hacer
mayor estrago al enemigo victorioso.
Arica no se rinde
y resistirá hasta el último sacrificio”.

Leyva... aprensivo, pusilánime, mentiroso;
dilata cuanto puede
aquel camino;
y no llega,
y se acobarda;
cual Pacheco Céspedes también,
cubano que,
viendo la proeza sitiada,
no le hace llegar al héroe
la orden urgente de retirada.

Conocedor ya de su entorno
el héroe subraya,
a su Josefa querida, en una carta...
“Nunca reclames nada,
para que no crean que mi deber tiene precio...”

Y empiezan silenciosas las luces del holocausto.

Y en la hora de los minutos interminables,
tañen de la historia, las trágicas campanas.

Vacíos de tiempo y de distancia
todavía estallan mudos
los gritos seculares de los hombres que la Patria ama.
La greda se cubre de heroísmo.
Se inmolan los peruanos.
Cientos de cadáveres;
hasta que entra a caballo el enemigo
hundiendo sus patas en humeante sangre
¡hasta los nudillos...!

El héroe desesperado ¡muere...!
¡Muere aquí disparando a discreción!;
¡muere allá ahogado de traición!,
¡muere a todos lados
percutando enloquecido
la maldita delación de Elmore!

Ante un cataclismo de codicias y ambiciones
¡muere...!
entre asaltantes y fugitivos ¡muere...!
entre cobardes, traidores y desertores ¡muere...!
sepultado por la amnesia y el cinismo infame ¡muere...!

La gloria tiende ya sus manos.
En la última escena respira y ya siente,
cómo son insuficientes sus fuerzas
y el amor inmenso de sus hombres por la Patria nuestra...

¡VIVA EL PERÚ!


“...Dios va a decidir éste drama
en el que: los políticos que fugaron y los que asaltaron el poder
tienen la misma responsabilidad.
Unos y otros han dictado con su incapacidad
la sentencia que nos aplicará el enemigo.”

Última carta viva de Bolognesi
para nosotros: su posteridad.