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martes, 12 de agosto de 2014

Limbo



Una oscura situación se repite.

De haber compartido el amor

hasta el cansancio;

ya casi, no hablamos.



Lo advierto,

al salir de mi habitación

y contemplar sus cuartos,

totalmente cerrados.



Entre la rutina y el quehacer

hay una perpetua sensación

de que el tiempo no pasa;

o, detenido ,

se pasa volando.



Mi hijo me llamó a gritos una tarde

desde la otra acera.



Inesperadamente.



Parecía alarmado.



Gritó mi apócope varias veces;

mi hijo, ya mayor,

llamándome

desde el otro lado de la calle.



Yo lo miré con la extrañeza

de no encontrarlo pequeño

como dicta mi conciencia.

No recuerdo circunstancia,

ni qué sucedió después;

sólo sé, que lo vi un segundo,

como vi a mi padre difunto,

una noche que lo soñé.



Mi padre, también me miró extrañado.

Recuerdo llamándole a gritos desesperados;

y mi mano tendida,

esforzándose por alcanzarlo.



Alguna veces, con mis hijos,

nos sentamos en el mueble,

en un silencio oscuro;

y, sin decirnos nada,

vemos una película,

como solíamos hacerlo antaño;

sólo que, ahora,

no hay risas,

ni nadie hace comentarios.



En el eterno en que me hundo,

el tiempo pasa

sin moverse un punto.

Derrepente ya pasó un mes,

un año;

derrepente ya pasó una década

sin ver jugar o crecer a ninguno.



Me da pena este silencio,

las puertas de sus dormitorios cerradas;

me da pena éste círculo mágico

en donde la vida transcurre

sin que se gaste jamás el tiempo.



A veces me pregunto

si será cierto, que una vez acontecido,

no nos damos cuenta que estamos  muertos.

No sé cuándo crecieron,

sólo que, condenado al silencio,

presencio eternamente

sus tristes ratos de soledad.