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jueves, 27 de julio de 2017

Ave Satani



Nunca nos damos cuenta.

A los lejos, ladran los perros,

cuando la noche siega sus luces

y en las rúas desoladas

árboles quietos

se estremecen en las sombras.

Un ruido pequeño en los negros profundos

delatan las hambres del mal...



Hacen sus rondas de mal designio

acariciando viejas heridas,

amargos rencores

de razones ya olvidadas.



Encorvados acechan

el momento de descuido;

esperan camuflados

en fotos, cuadros,

adornos inocentes

de criaturas adorables;

en leyendas cálidas con frases de amor

que ornan el hogar;



allí esperan transparentes

a ser conjuradas por el mirar furtivo,

justo cuando el alma dolida

se rebele contra la mansedumbre

y anhele por un instante

el gozo inicuo del mayor de los males.

El fulgor de ira en la mirada,

esa injusticia que nos duele

pero que preferimos mantener callada.



Su sevicia, entonces, contacta nuestro dolor

y accede punzante a su sol de victoria,

como puñal clavado

en lo hondo del corazón.



Volvémonos entonces, por nuestros

propios labios y manos,

victimarios y víctimas;

contestatarios absurdos

de todo lo razonable;

cabalgamos enloquecidos

a tergiversar perpetuos todo lo actuado,

envileciendo con saña

los sagrados actos de amor.



Los males crecen y se multiplican

cuando el agotamiento nos hace desfallecer

y reina la ponzoña como sibilina paz;

el silencio hace que advirtamos en una imagen

esa sombra inexplicable,

sin razón aparente de ser...

El alma se sobrecoge

ante la presencia del mal,

el presagio de infortunio es inminente; mas,

decidimos ignorar con inocente carcajada

el chauvinismo ridículo,

de las ansias enfermas del maldito satanás.



Para entonces, ya es tarde,

se ha cerrado todo,

y no hay ni luz ni entendimiento;

se desatan los venablos envenenados

y solo el odio torvo reinará por siempre

la demente oscuridad;

su violencia,

su inquina malévola y feraz.



Las traiciones esperan su turno,

las mentiras florecen y ascienden

con cínica soberbia

a victimizar al victimario;

a transfigurar el rostro demoníaco

en la sonrisa afable,

mirada clara y compasiva

incapaz de hacernos ningún mal.



El triunfo nadie lo sabe,

sólo nosotros que nos hundimos aterrados

viendo en sus pupilas fementidas

aquellos a quienes cegó de la vida,

y que nunca más hablarán.