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viernes, 11 de noviembre de 2022

Extraños en la noche


En noches como esta,
solía desatarse 
el dulce hechizo del amor.
Un universo distinto
amanecía cada mañana,
justo en esta habitación.

Aún danzan al rededor
un soliloquio de tertulias y chanzas;
risas y miradas,
y esa ansia inacabable 
de tocarte 
a través de la pantalla . . .
aún palpita en mí
como núbil obsesión.

La piedra del destino rodaba
demoliendo ilusiones y esperanzas.
Nosotros, 
ajenos a eso,
juntábamos nuestras historias
para incinerarlas, sin pena,
en la tierna ara del amor.

A espaldas de todo
caminábamos lejos del fin del mundo, 
bañados a contraluz,
por un cálido sol . . .

¿Qué importaba
la oscuridad para lo que
nacimos destinados?
si podía verte y podías verme;
si podíamos despedirnos 
confiando en que mañana
tú estarías,
yo vendría;
y tendríamos unas horas
para tocarnos el alma
a miles de kilómetros de distancia . . . ?

Pero, 
¿quién ama la abnegación del otro
o el querer formar un hogar?
¿Quién ama las emociones
que desbordan en lágrimas,
o lluvia menuda cayendo
tras un cristal?

Aún danzan vaporosas
cada una de las promesas,
que la vida, 
a pedradas destrozó;
porque lo doloroso,
no es sufrir constantemente,
sino, el anatema artero
de quien, un día, nos amó.

La noche es la misma de siempre;
es sólo, 
esta demencia
que ciñe las sienes;
esta asfixia que se enrosca cual sierpe,
hasta enmudecer al corazón.

Hoy, somos, dos extraños
que pasan sin conocerse;
sin ver que nuestras sombras,
al cruzarnos, 
se entrelazan jubilosas
cuál si fuéramos perfectos, 
jóvenes;
hechos, el uno para el otro.

Porque hay amores 
que están condenados
a no existir jamás en nuestras vidas;
que, sólo pueden, ser felices
en la imaginación.