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domingo, 5 de agosto de 2018

Tu retrato




De rato en rato

volteo a ver en la pantalla del celular,

tu retrato.



En medio del laberinto asaz de la ciudad

alguien ofrece mandarinas por altavoz.

A gritos, caóticamente.



Se disparan los silbatos de los policías

como flechas,

tratando de dirigir (hiriendo)

el enrevesado tránsito.



A golpe de cinco de la tarde,

estridentes bocinazos

tratan de desaparecer a alguien . . .

quizá ése alguien, sea yo.



La gente, corre en los semáforos,

por ir o venir;

otros, disimulan la miseria de sus vidas

acabando demacrados la jornada;

vendiendo entre los autos

accesorios, frutas, caramelos. . . !

sonriendo a cualquier cosa que les dé monedas

con qué vivir, junto a los suyos, un día más.



Estoy cansado,

empieza a anochecer . . .

Y en medio del laberinto,

cual si tomara sorbos de calma,

volteo;

y miro tu retrato.



Giro el volante violentamente para un lado,

freno. (¡Quiero irme!)

Intuyo al transeúnte desavisado que cruza;

adivino alguna maniobra yendo a velocidad.

Y, de vez en cuando;

cuando el tráfico se detiene

y no me deja acelerar más,

miro, en tu retrato, tu dulce mirar

y me da esa fuerza que mi sangre

ya no tiene más. . .!



Tu sonrisa me hace omitir

apaciblemente bienhechora,

que en casa todo está oscuro

y  que, ya nadie, me esperará jamás.



Un lucífugo topacio ámbar

se enciende en lo alto del semáforo . . .

¡Es la señal...!

Los rubíes posteriores de los autos

bajan su intensidad

y desatan el torvo rugir mecánico de sus fieras.



En medio del frío azur,

una hilera de esmeraldas puras

autorizan la estampida asesina.

Cientos de vehículos automotores

se lanzan con deslumbrantes faros

a descubrir ríos secos de obsidiana,

desesperados por llegar a su hogar. . . !



¡Es tan hermoso el tisú de la noche…!

¡Pero estoy tan cansado...!

Que sólo puedo admirar su pedrería lujosa

después de ver tu retrato.

Después, de ver tu mirar llenándome el alma

de ilusión;

después de ver tu sonrisa

y constatar que hay otra luz

con qué llenar el ánima;

otro horizonte donde la espera

siempre tiene una sonrisa de llegada. . .!



Que no hace falta tenerte junto;

sino,

(para mí,

un ser indigno de ti)

basta con mirar tu retrato

y fantasear que, esa ternura de sonrisa,

esa mirada adorable de ilusión,

es justo el mudo “te quiero”

que necesita, en este momento, el corazón.



¡Oh, terrible sino,

en que las palabras nunca son suficientes!

y que entre los dos,

así haya miles de besos y promesas

habrá siempre un vacío inexpugnable de muerte,

de tristísimo adiós,

que ni el amor más grande podrá llenar . . . !



Porque cuando el tiempo

marque su doloroso final

se acabarán las vísperas,

las más caras ilusiones;

se extinguirán las penas, las promesas,

los malvados y los buenos;

y hasta éste momento,

en que saboreo la dulce y sana alegría

de ver, enloquecido de cansancio,

la incontrastable belleza silenciosa

de tu retrato;

cuando ya, en esta parte del mundo,

reina totalmente la oscuridad.