Una pelota de plástico
color verde limón
rueda por la acera…
Corre, brinca, juega;
podría fácilmente caber
en mi mano
su redondez tan pequeña.
Atraviesa recuerdos
entre arbustos, pasos y autos
rodando velozmente por la acera.
Hay una mujer que duerme
a la espera de vender
al final del día, que recién empieza,
su cesta llena de golosinas...
Esplende alegre
el color de la pelota;
y tras ella,
un niñín de tres años
corre todo alborotado;
como corrimos alguna vez tras la dicha,
ha tiempo,
cuando nos enamoramos…!
La pelota rueda feliz
y el niño levanta las rodillitas
estirando los bracitos, apenas equilibrado;
corre,
corre riendo,
agitando los brazos
¡por no caer precipitado!
Mientras ensaya por primera vez
su loca carrera;
la pelota,
va y viene dando brincos por la acera;
coqueta, veleidosa,
dejándose perseguir por el niño
que corriendo va tras ella
arrojado a saborear
la colosal dicha de tenerla.
En un instante
el mundo se posterga…
¡ABANDONÓ LA ACERA…!
Un grito de horror
detiene los segundos;
y por ventura,
también los malos augurios.
La madre despierta
y ve la bola rodando
y a su niño... ¡ir corriendo tras de ella!
De la nada ¡un auto!
aparece a velocidad pasmosa
tragándose el mundo.
Entre los autos aparcados
cruza la pelota brincando
tras ella el niño y un presagio;
y tras él,
el medio cuerpo de la madre,
cuyos brazos vuelan a empujarlo…!
El niño cae de bruces,
frena al unísono el mundo,
derrapan llantas;
con el último haz de luz,
la madre, logra ver al niño
que se levanta llorando
y una sonrisa parece esbozarse
en su boca sangrienta
aún lista para, de besos, colmarlo.
Al otro lado, la pelota,
yace estática, temblorosa.
Sin adivinar el trance
el niño llora
esperando los brazos maternos,
que al trocar su suerte toda,
no acudirán a él...
a ninguna hora.
¡por no caer precipitado!
Mientras ensaya por primera vez
su loca carrera;
la pelota,
va y viene dando brincos por la acera;
coqueta, veleidosa,
dejándose perseguir por el niño
que corriendo va tras ella
arrojado a saborear
la colosal dicha de tenerla.
En un instante
el mundo se posterga…
¡ABANDONÓ LA ACERA…!
Un grito de horror
detiene los segundos;
y por ventura,
también los malos augurios.
La madre despierta
y ve la bola rodando
y a su niño... ¡ir corriendo tras de ella!
De la nada ¡un auto!
aparece a velocidad pasmosa
tragándose el mundo.
Entre los autos aparcados
cruza la pelota brincando
tras ella el niño y un presagio;
y tras él,
el medio cuerpo de la madre,
cuyos brazos vuelan a empujarlo…!
El niño cae de bruces,
frena al unísono el mundo,
derrapan llantas;
con el último haz de luz,
la madre, logra ver al niño
que se levanta llorando
y una sonrisa parece esbozarse
en su boca sangrienta
aún lista para, de besos, colmarlo.
Al otro lado, la pelota,
yace estática, temblorosa.
Sin adivinar el trance
el niño llora
esperando los brazos maternos,
que al trocar su suerte toda,
no acudirán a él...
a ninguna hora.