“Matar es fácil” dijiste
antes de irte;
cuando aún eras inmortal
y faltaban
3 días para la traqueotomía...
(¡aterradora...!)
sin anestesia;
y cuatro,
para el fin
de tu agonía lenta.
Después de haber vivido
la mitad
de lo que te tocó vivir
no pareces arrepentido;
salvo
por ése hueco
al final del cuello
y el grito horrible
de tu rictus
enmudecido y yerto.
Dijeron que al horadarte la piel
gritaste con todas tus fuerzas...
con la débil fuerza
que vi,
ya no tenías
ni para arrojar al tacho
un trozo estrujado de papel...!
y te retorciste inútilmente de dolor,
¡desesperado!;
y te retorciste
sin encontrar a nadie
cuando tu pupila buscó
en la ausencia blanca
¡en vano!
cuando el dolor, finalmente,
húbote encontrado...
Hoy tu cama
está vacía
y el frío del hospital
que mordía y helaba
tu piel blanquísima;
el frío,
que te hacía toser
con insistencia,
te busca ahora sin remedio
en la inmediatez fría del recinto;
te busca en las baldosas
y en todas las esquinas del silencio;
aullando va
mientras otro enfermo
espera con impaciencia
relojera de nervios,
la hora hórrida,
inexorable,
del encuentro.
El suero,
las sondas;
la mirada larga y tendida
hacia un punto de luz huérfano,
tratando de asir
en la mirada
cualquier cosa de la vida
y detener
su exactitud mortal,
los minutos que aún nos quedan,
antes que nadie venga
y descubra que todavía,
hecho una súplica,
estamos acá.