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lunes, 17 de octubre de 2011

Mey y el lobo

Oculto estaba
entre la enramada;
viendo cómo encabritaban deseos
los otros lobos de la manada.

Tu olor a hembra alunada
los excita.
Entre ellos se enfrentan
con rabia.
Por ganar uno de tus favores,
unos contra otros
¡a muerte!
¡a dentelladas...!

Pero este refugio de hembra
es mío;
y cuando crujen las breñas
voltean a mí pusilánimes
sus atónitas miradas.

Los observo con desprecio;
con el fiero desprecio
del que los ve
acobardarse ante el criminal
que de entre las sombras sale,
sorpresivamente,
¡De la nada!

Estaba oculto observando,
si con alguno me traicionabas.
Llegué oteando y lamiendo
el dulce rastro que caía
de lo hondo de tus entrañas.
He seguido tu ruta toda de regreso
¡Sabes bien cómo encadenarme
a tu alma !

¡Oh tu cuerpo se cimbrea...!
tu mirar de contentura
se engalana,
cuando ves a los otros lobos
que huraños
se apartan de ti,
al lanzarles sólo
una mirada...!

Por ello,
he de premiarte;
reinaré sobre ti
mientras ellos miran impotentes
relamiéndose las babas.

¡Ven,
póstrate ante mí!
Descorre mi bragueta encrespada
mientras los miro intimidante,
amenazante con la mirada.

Acaríciame los muslos,
encaja en tu boca preciosa
la virilidad entera de tu hombre.
Ellos te miran absortos,
desnuda...
veleidosa...
¡soñada...!

¡SIGUE ORDEÑANDO MI VÁSTAGO!

sintiéndote ante ellos excelsa,
prohibida,
¡codiciada...!

¡Pobres, no se aguantan más
y ya sacan sus pequeñeces!

Mientras con caricias y besos
halagas el poder bravío de mi levante,
ellos empiezan hipnotizados...
¡a masturbarse!

Oh Mey,
y cuando acariciabas ensartada en mí
tus redondas frutas,
uno enloquecido
intentó acercarse...
se iluminaron mis pupilas
y al ver mi fiereza asesina
se detuvo en el acto
de mirada fulminante.

Te gustó el lance...
y reina entre las golosas
colocaste en posición
tus posaderas anhelantes,
te hundiste mi cetro ardiente
muy adentro,
en la hermosa lisonja de tus carnes.

¡Ah, cabalgar sin horizontes
en la blandura de tu grupa chúcara
que pugna arrancar de raíz
mi hirviente percha quemante!

Ahora escucha mi voz que atrona:
Aquí no hay tormento
ni dolor pausado,
sólo la férula de mi mazo
y tu amor sagrado.

Escucha Mey:

¡¡MIRAME A LOS OJOS CUANDO TE HABLO!!

tu primer error
será el último;
yo no castigo...
¡yo mato...!