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lunes, 30 de julio de 2012

El vaso

Después…

la noche.
Encontrarte con tu pseuda prisa
(¡oh amadísima…!)
y saber por fin
de dónde viene el azul triste
de esta noche bellísima.


Tu lánguido talle.
Cuando distraídamente
acerqué mi mano
a tu cintura,
por palpar en secreto
la dulzura tibia
de mi sueño.


Y en el café
charlamos,
me perdí en tus ojos negros;
¡y reímos…!
¡como hacía tiempo…!


Yo trataba de despertar,
y en un momento
bebiste coca cola
de mi vaso lleno.


¡Ay, la emoción
del siguiente trago…!
en el que mordí con los labios
los bordes del vaso
por tu boca,
aún mojados;


¡Ay, el alma seráfica
se derretía
como vela
ante soplo mágico…!


y aún así
sonreír,
responder;
procurando no morir
de deseo
o de tristeza;


y cuando acercaste
un mechón de tus cabellos
para olerlo indiscreta,
tomarlos también
y aspirarlos
totalmente sediento
en mi desértico erario.


¡Oh los bordes del vaso
mojados
que yo saboreé sinceramente
como el beso
que nunca te he dado…!

y la noche de amor
que empozaba
su dulzura corazona
en la mórbida hondura
de tus ojos gachos.


Hoy desperté con tu recuerdo
en mi pecho
quemándome en los labios;
hoy desperté
gritando enmudecido;
soñando con un sueño;
grito
que muere por sí mismo
frente a un celular
siempre callado.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Carla








Bajo ese árbol,
justo en esa banca,
donde no estoy,
te espero.

El reloj por nosotros
no se detendrá
y si acaso esta mañana
de frío transitar
en claros minutos te trae
una canción nostálgica,
una brisa gris, al pasar;
tal vez quieras ir
a ese banco solitario
donde mi espera
se hizo transparente
de tanto esperar verte.

Avidez ocular
nadando contra corriente;
contra el aluvional torrente
de días y semanas
de no verte...

Llegará el otoño
y el invierno septentrional;
y deshojando cada uno de tus versos
me diré entusiasmado:
“¡oh Dios, sí me quiere...!”
y otro año vesperal
en sigilo pasará.

Hice un ramo
con cada endecasílabo tuyo,
con cada metáfora;
y te absolví tiernamente
por cada falta ortográfica;
y he vuelto,
querida Carla,
ido para siempre
a esperarte en el banco ahíto
de fantasmales sueños,
cual la Penélope ilusa
de Serrat.

Bajo tu árbol,
lluvia de geranios deshojados;
volví a esperarte atesorando
cuánto me querrás.

A veces apresto
que todo está en silencio
y huelo más allá
del rocío de tus versos
la estela orate que te has ido,
que nunca más vendrás...

y tengo miedo;
entonces fuerzo trémulo
una sonrisa
y me digo a punto de llorar
“no es nada...
es sólo un sueño...
sólo eso y nada más...”

El reloj sigue su curso
pero no dice
cuánto tiempo ha pasado;
sólo repite a cada instante
que espere;
que estoy a punto de lograr
el dulce anhelo,
aquella,
nuestra sorpresa felice;

entonces me levanto
y paseo otra vez por tus jardines;
me embriago sentimental
de lo que será ver
tus ojos de cerca
y tu aliento rodeándome
con ternura maternal,
beso a beso;
la cascada seda de tus cabellos
posándose escurridiza entre mis dedos
¡Oh Dios! ¿Qué dirás...?

Murmullo de hojarasca,
azul nocturnidad;
amor que se repite en la vida
a partir y más allá
de Tian’anmen y Jean Palach.

¡Oh Carla, no mires que me he ido
piensa cuánto te querré,
cuánto te puedo esperar...!