El amor,
el polvo de oro
con que se adorna
esta bellísima tarde,
tiene un filo
de brisa y nostalgia,
algo que nos inunda
de instantáneas felices
de otra época.
Una mano invisible
mueve el esmeralda
de las hojas,
poco antes que caigan
las sombras difuntas
al encanto de la vida.
Al fondo del paisaje
juegan unos niños
antes de hacerse mayores;
antes de que el llanto desesperado
ya no alcance para
obtener una caricia,
un beso, una dulce mentira.
Porque cuando
el camino que elegimos
se termina frente al ocaso,
ya no sirve llorar
como cuando,
en algún momento,
nuestro llanto desesperado,
pudo cambiar
los designios de Dios,
torcer
la mano aviesa del destino.
Con nuestro llanto verdadero,
aquella vez, pudimos,
(¡ cosa asombrosa!)
mover a piedad
la ruptura fatal
y mirar desde lo alto,
atónitos,
cual pintábamos
la vida que soñamos
frente al hambre
de un abismo desairado,
que había perdido
tras la lluvia dolorosa
dos héroes jóvenes,
dos enamorados;
pero, cuando la muerte
vence,
no hay llanto que resucite
al cadáver,
ni lágrima que haga mover
la llaga viva que arde aún
en el corazón;
aunque todo se aniegue
no volverán las primaveras
del recuerdo;
si es que, en el agua,
jamás tembló
la luna de amor.
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